Asombrados

Asombrados

Las cosas no estaban fáciles. Jacobo, el hermano de Juan había sido asesinado. Sí, Juan el que acompañaba a Pedro a orar al templo y que fue testigo de cómo Dios levantó al paralítico. A él le mataron el hermano. Las noticias decían que Herodes, gobernador de los judíos, lo había mandado a matar por ser seguidor de Jesús, el Cristo.

Y no corto con semejante crueldad, mandó a apresar a Pedro con la intención de matarlo también. Pedro fue conducido a la cárcel y grupos de cuatro soldados que tenían la misión de custodiarlo. Lo amarraron con cadenas, de pies y manos. Y a cada lado tenía un soldado que lo acompañaba hasta para dormir.

La iglesia naciente pasaba momentos de preocupación, de dolor, y la única salida posible fue orar; y oraban en todo momento, en la mañana, en la noche, al medio día. Oraban sin cesar. Esa noche, como muchas otras, los hermanos se habían reunido en la casa de María, la madre de Juan Marcos. Allí oraban. Seguramente la reunión habría sido el momento preciso para actualizarse de las noticias y del estado de Pedro en la cárcel.

Era tarde. No era hora de estar caminando por las calles, pero alguien tocó a la puerta, toc, toc, toc.  Rode, una joven, fue a la puerta e hizo la pregunta más por costumbre que por seguridad. ¿Quién es? Del otro lado vino la respuesta: Soy yo, Pedro. Rode reconoció la voz, ese era Pedro.

Su corazón comenzó a palpitar más rápido. No abrió la puerta. Entró a donde todos estaban y les dijo: Pedro está afuera. La mirada incrédula de quienes estaban orando se fijó en ella. Es imposible, Pedro está en la cárcel, se dijeron. Estás loca, debe ser un ángel, le dijeron. Toc, toc, toc, volvió a sonar la puerta. Abrieron, y todos quedaron asombrados. sí era Pedro.

Hay respuestas del cielo que nos dejan asombrados. No hay oración que Dios no responda.

Es posible que la respuesta no sea lo que estás esperando, pero esa es la respuesta de Dios. Cuando ores ten la plena seguridad que Dios puede romper cadenas, abrir puertas, y liberar al preso más custodiado. También puede solucionar tu problema. Ora, confía en él, quedarás asombrado.

Hablar con Dios es vivir el asombro. Quienes oraban por la situación de Pedro quedaron atónitos cuando lo vieron allí parado en la puerta; quienes hemos orado a Dios hemos visto que sus respuestas sobrepasan nuestro entendimiento, nuestra comprensión, y solo nos puede dejar asombrados. Te invitamos a hablar con Dios con fe, con la seguridad de su respuesta, y prepárate para vivir el asombro de sus proezas.

John Anzola

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